Surfear en cámara lenta. Sobre el debut de Los Chicos de Portugal

Algunas semanas atrás estaba hojeando un número de la revista De Garage cuando me crucé con una entrevista a Los Chicos de Portugal, firmada por Luciano Lahiteau. Me capturó el nombre de la banda. Como un eco lejano aparecía Los niños de Brasil, la novela de Ira Levin. Pero la fuerza definitiva estaba en Portugal, ese país al que jamás fui pero que me viene enamorando desde hace años a través de los climas templados, las chicas hermosas y los edificios antiguos capturados en películas de João César Monteiro o Manoel De Oliveira.

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Sin embargo, todo quedó ahí. Tal vez por el exceso de información al que uno está expuesto diariamente, ni el nombre de la banda ni la muy buena nota de Lahiteau fueron suficientes para que, una vez en casa, recordara escuchar el disco del cuarteto. Un par de meses más tarde, llegaría mi encuentro con la música de Los Chicos de Portugal en el marco del festival de cine platense FestiFreak. Una de las secciones más famosas del festival consiste en proyecciones de películas silentes (con algunas excepciones) con musicalización en vivo a cargo de bandas locales. En la última edición, a Los Chicos de Portugal les tocó musicalizar Gente en domingo (Menschen am Sonntag, 1930), una película alemana, cruza entre documental y ficción, dirigida por los hermanos Robert y Curt Siodmak, Edgar G. Ulmer y Fred Zinnemann, y coguionada por Billy Wilder, algunos años antes de que todos migraran hacia Estados Unidos.

La elección resultaba pertinente. En la película, dos amigos invitan a dos muchachas a pasear a un lago. Risas, celos, juegos y comida atraviesan un domingo que es puro ocio y despreocupación. A la historia de las dos parejas (una de las secciones ficcionales de la película) se le suman retratos documentales de “gente en domingo”: gente por la calle, paseando, riéndose, divirtiéndose, escapando. Esa nobleza lúdica que la película retrata con detenimiento en el caso de los cuatro protagonistas se vuelve, así, extensible a todo su universo. La música de Los Chicos de Portugal funcionaba a la perfección: con un enfoque mayormente instrumental, las olas de guitarras limpias, amables y envolventes coincidían con el tono de una película cálida, ajena a la estética expresionista imperante en el cine alemán del período.

Tras la función, llegué a casa y escuché –ahora sí– el hasta ahora único disco –homónimo, para más datos– del cuarteto platense. El arranque es seguro, con las guitarras de Ignacio Pello y Sofía Cardich, el bajo de Emiliano Haag y la batería de Luciano Caselli presentándose al unísono. En “Vuelos”, la canción de apertura, pueden percibirse algunas de las marcas que atravesarán todo el álbum: ritmos firmes, una guitarra que dispara repiqueteos risueños, líneas de bajo repetitivas equilibradas por guitarras que respiran un aire marítimo. Como ellos mismos plantean en la nota citada más arriba, su estilo es una conjunción de varias cosas. Hay algo de surf, deconstruido y atravesado por otras claves. Hay algo de la circularidad suave de los primeros Talking Heads, aunque sin el cinismo ni el estilo literario. Hay algo, también, de las atmósferas dulces, de ensueño, de cierto dream pop (pienso, puntualmente, en la canción “Gigantes”, aunque también puede aplicarse a otras).

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En líneas generales, la música de Los Chicos de Portugal puede inscribirse en ese género vasto y amable que es el jangle pop. Sin embargo, a diferencia de bandas icónicas como Felt, The Church o los primeros R.E.M., en Los Chicos de Portugal priman la despreocupación y los climas templados. No hay melodrama, no hay gravedad. No es, de hecho, la búsqueda de la banda. Su sofisticación –que existe– pasa más bien por construir instantáneas de ocio y distensión. Tanto las letras como la música se dedican a explorar al máximo un microcosmos específico, soleado, de viajes y romances, donde se confunden recuerdos de vacaciones pasadas con anhelos de vacaciones por venir. Canción tras canción, se suceden imágenes de olas, montañas, nieve, pasto, mapas, aviones, trenes y ríos. Se trata, siempre, de canciones sobre escapar: “pensemos que es perfecto / una y otra vez”, canta Cardich en “China”, dejando en claro el carácter idílico de esos viajes en forma de huidas.

El surf aparece cada tanto: en la tapa, claro, pero también en el midtempo relajado de “Los mapas” y las guitarras playeras de “Esquiador”. Sin embargo, son elementos aislados. El surf es parte del imaginario de Los Chicos de Portugal, pero no una presencia constante en la propia música. Cierto eclecticismo no se opone a un sonido coherente. Esto se debe a un tono compartido por todas las canciones a nivel compositivo, pero también a una producción clara, bien direccionada, que logra amalgamar estos once relatos de viajes imaginados en formato de canción pop redonda y pegadiza. Es una búsqueda que recién comienza y ya resulta placentera. Relajada, también, porque los miembros de la banda parecen conscientes de que la forma de construcción de su universo tiene que tener un vínculo estrecho con la propia música, que suena, según dice el nuevo baterista Aziz Asse en la entrevista a De Garage, “como surfear (…) en cámara lenta permanente”. Los muchachos lo dicen a coro, de forma dulce y concisa, en las palabras que cierran el álbum: “Estoy creando mi mejor versión / para vos”.

Álvaro Bretal

Publicado originalmente en indieHearts (noviembre/2014)

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