Latigazos sorpresivos. Richard Thompson y «Electric», su mejor disco en varios años

Los primeros segundos de Electric pueden resultar sorprendentes para cualquiera que más o menos conozca la discografía de Richard Thompson: un clima tribal construido en base a percusión, voces y palmas sacude con rigurosidad y potencia hasta que, tras trece segundos, el grito de “Stony!” da pie a la introducción del trío básico que sonará durante parte del disco: Thompson en guitarra y voz, Taras Prodaniuk en bajo eléctrico y Michael Jerome en batería. La decisión de abrir un álbum con percusión no es nueva en Thompson (otros ejemplos son Hand of Kindness (1983) y Across a Crowded Room (1985). Lo que impacta en el caso de Electric y la inaugural “Stony Ground” es el caos casi psicodélico en que sumerge al oyente, muy alejado del “tempo estricto”1 que funcionaba como la clave de muchas de sus composiciones en discos anteriores.

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Electric es el disco de estudio número catorce de Thompson como solista, editado exactamente 45 años después del debut (1968) de su ex banda Fairport Convention. Su obra nunca se caracterizó por ser innovadora: es posible situar a Thompson entre aquellos artistas que, una vez establecidos un sonido y un marco de intereses, deciden explorarlos obra tras obra, sumando matices y colores, sin dar vuelcos radicales. Esto, por supuesto, no tiene nada de malo: muchas veces es en ese constante redescubrimiento de los terrenos conocidos donde surgen las obras más redondas y refinadas. Lo curioso, entonces, es que Thompson sorprenda tanto a esta altura, cuando parecía que todos sabíamos —poco más, poco menos— qué esperar de él.

Un elemento fundamental es la organización del sonido en torno a un trío eléctrico de guitarra, bajo y batería. Un trío que, por otra parte, resulta más denso y muscular que el sonido usual de Thompson. En cierto modo, podría decirse, hay algo más “moderno” en Electric. Thompson mantiene un pie en su conocido interés por la música folk inglesa (algo que siempre apareció en su obra, bajo diferentes formas), pero a la vez da un paso al vacío, representado en este caso por un rock potente aunque jamás exento de sutilezas. En Electric hay riffs enrevesados (“Stuck on the Treadmill”) y diálogos de equilibristas entre la guitarra de Thompson y el bajo de Prodaniuk (“Sally B”). Por llamativo que resulte, el ex Fairport Convention se acerca, como nunca antes en su carrera, al blues-rock de Jimi Hendrix o Rory Gallagher.

Los latigazos afilados de guitarra y la base mastodóntica priman durante la primera mitad del disco (hasta “Good Things Happen to Bad People”), que es la que realmente responde a la idea encerrada en su título. Incluso en los momentos más calmos de esa primera mitad (las bellísimas “Salford Sunday” y “My Enemy”) Thompson logra con éxito llevar a cabo la difícil tarea de sonar moderno influenciado por los clásicos (entre los cuales se encuentra, en cierta medida, él mismo) y alejado, a la vez, de su sonido característico. A partir de “Where’s Home?” el recorrido de Electric se vuelve más errático. Es en esta segunda mitad donde se aprecia con cierta claridad el entorno de grabación del álbum: Electric fue grabado en Nashville, en la casa del productor Buddy Miller, músico country más conocido por su colaboración con otros artistas (Linda Ronstadt, Emmylou Harris, Steve Earle) que por su propia obra. Miller aportó algunas guitarras a Electric, y también invitó a músicos ligados al bluegrass y el country (el violinista Stuart Duncan, la cantautora Alison Krauss) a que participen en las grabaciones.

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La tensión es una de las características sobresalientes de Electric. Esto se puede ver, en parte, en el equilibrio constante entre el sonido de rock inglés que prima en el costado eléctrico, como los sutiles elementos de bluegrass que aparecen cada tanto, en los momentos acústicos (el caso más evidente es “Saving the Good Stuff for You”). Sin embargo, la tensión clave del álbum es aquella que se da entre tradición y modernidad. El carácter relativamente moderno, de grooves inquietos y densos, que aparece cuando el trío eléctrico toma el control, es el gran aporte de Electric a la obra del guitarrista. La tradición se hace presente, no tanto en los arreglos acústicos en sí, ni en los elementos aislados de bluegrass, sino a través del universo lírico de Thompson.

Un breve paréntesis: cuando la revista Playboy le pidió a Thompson que armara un listado con canciones fundamentales de los últimos mil años, él hizo una selección exhaustiva y amplia: algunas de las composiciones que eligió se encuentran efectivamente entre las más antiguas que se conocen en lengua inglesa. Si bien había respetado la propuesta de la revista, el hecho de que muchos de los temas elegidos fueran desconocidos para el grueso de la gente, llevó a que su listado no se publicara. Este fue el origen de su proyecto 1000 Years of Popular Music (una serie de recitales, un CD y un DVD), donde Thompson interpreta desde composiciones antiquísimas como “Sumer Is Icumen In” hasta una bella versión de “Oops!… I Did It Again” de Britney Spears.

Volvamos al universo lírico de Thompson. El protagonista de “Stony Ground” es un hombre mayor (“Oh, viejo tonto sin dientes, / metiendo sus narices donde no debe”), lo cual es coherente con el conocido interés de Thompson por la tradición y las raíces. La apelación al trabajo que aparece en la frase que cierra el estribillo (“Estás trabajando en un terreno pedregoso”) es, creo, la clave para entender la tensión entre tradición y modernidad propia de Electric. Para Thompson, la idea de trabajo es fundamental, incluso cuando se está hablando de relaciones amorosas (y acá, como en todos sus discos, las relaciones amorosas son un tema recurrente). La canción en la cual aparece el trabajo en todo su esplendor es “Stuck on the Treadmill”, que narra las preocupaciones de un obrero, tanto en relación a su trabajo diario (“Otro día de golpear metal / Hasta que mi brazo está demasiado entumecido como para sentir”) como a su situación económica (“Se va el dinero, llegan las cuentas / Una y otra vez ocurre de vuelta”). El ruido de las maquinarias en la fábrica y el avance de la tecnología construyen un tono circular y agotador, que tiene su correlato en la base circular de bajo que impulsa a la canción. Es significativo que Thompson escriba y grabe una canción sobre la vida de un obrero en el año 2013, cuando se ha expandido ampliamente la noción —errada— de que el mundo del trabajo ya tiene poca relación con lo fabril.

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En “My Enemy”, por último, el narrador-protagonista le habla a su enemigo: “Cada vez que me tiraste abajo / encontré algo adentro mío que me ayudó a salir adelante”. La oposición aparece como un motor para autodescubrirse. La idea central es que los antagonismos son necesarios e, incluso, pueden brindar cierta calma y certeza: “Si llegara a perderte, sólo me quedaría el destino”. La sabiduría a la que apela esta comprensión de la enemistad tiene relación, nuevamente, con el hecho de que el narrador sea un anciano (“Ahora sólo somos dos viejos en el umbral”). La tensión entre opuestos es entendida por el mismo Thompson como una fortaleza, y es lo que hace que Electric funcione como disco en su conjunto, más allá de la diversidad compositiva. Una última pista puede ser útil para entender hasta qué punto Thompson está al tanto de estas relaciones: la canción más eléctrica y alegre de la segunda mitad del disco se llama “Straight and Narrow”. “Straight” y “narrow”, en este caso, hacen referencia tanto a la protagonista de la canción (“Ella va por el camino angosto y directo / Ella hace lo que dice la Biblia”), como a la canción en sí misma, sin duda el rock and roll más directo (“straight”) y limitado (“narrow”) de Electric. Como suele ocurrir en la obra de Thompson, acá la forma y el contenido se encuentran en un diálogo constante.

1 La expresión hace referencia a Strict Tempo! (1981), título del segundo álbum solista de Richard Thompson, enteramente instrumental, que consiste en versiones de canciones tradicionales.

Álvaro Bretal

Publicado originalmente en indieHearts (septiembre/2014)

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