Causa justa, rock débil. Neil el imparable y «The Monsanto Years»

Durante los últimos años, Neil Young parece haber optado por terminar con la distinción entre discos estrictamente eléctricos/rockeros (Everybody Knows This Is Nowhere, Zuma, Life, Ragged Glory, Sleeps With Angels, Mirror Ball, Greendale) y discos estrictamente acústicos (Harvest, Comes a Time, Hawks & Doves, Old Ways, Harvest Moon, Silver & Gold, Prairie Wind) que marcó gran parte de su carrera durante los 70s y los 90s. A partir de Living With War (2006), la obra de Young se vuelve caótica y experimental, al igual que ese período difícil y generalmente mediocre que fue su discografía entre Re-ac-tor (1981) y Freedom (1989). Una diferencia entre aquella etapa y esta es que en los 80s la clave decisiva fue un cambio rotundo de sonido guiado por sintetizadores, vocoders y una reelaboración de ritmos maquinales y repetitivos muy propios de cierto pop/rock de la época. Ahora, la experimentalidad de Young es más abierta y, al mismo tiempo, más personal: juega con los límites de su estética y su sonido, sin por eso sorprender demasiado. Esto no resulta necesariamente negativo: calidad y novedad no siempre van de la mano, máxima obvia que en el caso de Young resulta particularmente cierta. El carácter experimental de A Letter Home (2014), uno de los dos discos que editó el año pasado, residía justamente en que llevaba la idea de folk-rock de raíces a su límite conceptual y sonoro.

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Si hubiera que intentar algún tipo de categorización de la obra de Young 2006-2014, podrían distinguirse los discos clasicistas (Americana y Psychedelic Pill, ambos grabados junto a Crazy Horse), las experimentaciones sonoras (Le Noise y A Letter Home), los discos “todavía puedo rockear como en los viejos tiempos pero sonando moderno” (Living With War y Fork in the Road, demostraciones cabales de que no rockea como en los viejos tiempos, y de que tampoco suena tan moderno) y dos trabajos abiertos, relajados, que mixturan rock y folk sin atarse a etiquetas y están, no casualmente, entre lo más fresco e imaginativo del período: Chrome Dreams II y Storytone. En casi todos los casos se trata de discos que parecen dejados a mitad de camino, con ideas no del todo desarrolladas — tal vez producto de la ansiedad por pasar al proyecto siguiente, siempre radicalmente distinto del anterior. The Monsanto Years, su nuevo trabajo, es la máxima expresión de este problema.

The Monsanto Years se vincula con Living With War en que gira en torno a una problemática sociopolítica particular (los agrotóxicos y la corporación Monsanto en el primer caso, el gobierno de George W. Bush y las invasiones a Irak y Afganistán en el segundo) y en que es un disco decididamente rockero grabado con músicos que no son los Crazy Horse. Aunque los músicos son diferentes (en Living With War se trata de un trío junto al bajista Rick Rosas y el baterista Chad Cromwell; en The Monsanto Years de un sexteto junto a la banda Promise of the Real, liderada por Lukas Nelson, el hijo de Willie) los problemas de ambos trabajos son similares: la urgencia del mensaje se expresa en una música que suena poco elaborada. Young no se maneja particularmente bien en este terreno, y en ambos casos los resultados son discos menores y poco memorables. Living With War era un disco uptempo y aguerrido, con canciones mediocres; en The Monsanto Years las composiciones son ligeramente superiores y el sonido general suena más cercano al de los Crazy Horse, pero lamentablemente, se trata de unos Crazy Horse subdesarrollados y mal producidos.

Antes de continuar, una breve aclaración, obvia pero tal vez necesaria: acá el problema no es que la música sea “de protesta”. No hay ninguna relación directa entre la calidad musical y el abordaje de una temática sociopolítica en las letras. El propio Neil tiene grandes canciones políticas: “Alabama”, “Southern Man”, “Vampire Blues” o “Cortez the Killer” son algunos ejemplos. El inconveniente, en este caso, es que a Young no se le da bien la urgencia. Esta urgencia no tiene necesariamente que ver con el tiempo de grabación o la necesidad de editar el disco rápido para visibilizar la problemática, sino que parece estar relacionado con cierta concepción según la cual la música de protesta tiene que ser directa, ya sea para sonar rabiosa y virulenta, ya sea para sonar “pura” y “natural”. Cuando el carácter directo de la música tiene su correlato en una complejidad emocional, la cosa puede funcionar. Pero The Monsanto Years no es el caso, y da la impresión de que la validez del mensaje ecológico-político cubriera aquello que el nivel musical no puede cubrir — y, que de hecho no cubre, porque una cosa no tiene nada que ver con la otra: los Promise of the Real suenan desprolijos como los Crazy Horse, pero —y he aquí el gran problema de The Monsanto Years— blandos, sin cohesión ni potencia. Una de las características más notables de Crazy Horse es la capacidad de dar rienda suelta, a través de capas de electricidad y fuerza garagera, a momentos de gran expresividad de la guitarra de Young. En The Monsanto Years la banda que acompaña suena cansina en el peor sentido, como si estuvieran aburriéndose mientras tocan.

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Otra hipótesis: el acartonamiento interpretativo es un correlato del exceso de seriedad presente en las letras — algo que, en definitiva, siempre fue el gran inconveniente de la mala música de protesta. Si la temática ecologista le permite a Young unir la crítica social con el mensaje bucólico, naturalista y pacifista que atraviesa a muchas de sus canciones, en casi todas las letras del disco resuena una seguidilla de lugares comunes que desplaza cualquier emotividad posible. Las primeras líneas de “A New Day for Love” marcan el tono general: “Es un nuevo día para el planeta / Es un nuevo día para el sol / Para brillar en lo que hacemos / Es un nuevo día para el amor”. Si los trabajos recientes de Young con Crazy Horse son similares a lo viejo, pero inferiores, The Monsanto Years es similar a lo nuevo de Crazy Horse, pero aún inferior.

El costado positivo es que resulta claro que Neil se aleja cada vez más de la uniformidad y eso garantiza que, más allá de las decepciones esperables, continúe habiendo un amplio margen para la sorpresa en sus futuros trabajos. Este disco no es un gran paso en su discografía, pero tampoco un desastre absoluto: solamente es un eslabón muy menor en una obra impulsiva, emocional y, en consecuencia, profundamente despareja.

Álvaro Bretal

Publicado originalmente en indieHearts (julio/2015)

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