Música de brujas. Algunas palabras sobre «Lost Themes», de John Carpenter

Hace varios meses reestrenaron en Argentina Noche de brujas (Halloween, 1978), una de las películas más conocidas e icónicas de John Carpenter. El reestreno fue muy acotado: en La Plata sólo la proyectaron las noches del último fin de semana de octubre, en coincidencia con el festejo de, justamente, Halloween. Ver Noche de brujas en pantalla grande fue una experiencia especial por varias razones. En particular, resulta destacable la capacidad de Carpenter para transmitir auténtico miedo sin recurrir a efectismos sonoros ni visuales. En una época en la cual casi todas las películas de terror que se estrenan en cines recurren a artificios fáciles y baratos, el tono despojado –económico, minimalista– de Noche de brujas sorprende y aterra al mismo nivel.

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La filmografía de Carpenter está llena de películas fuertemente climáticas. Sus múltiples abordajes del terror, tanto a través de la influencia del western (Vampiros, Fantasmas de Marte), la impronta del cine de Howard Hawks (Asalto en la comisaría 13, La cosa –remake de La cosa del espacio exterior, de Hawks y Christian Nyby), los relatos asfixiantes, cargados de sombras, donde lo no visible prima por sobre lo visible (La niebla, Noche de brujas) o la ciencia ficción paranoica con anclaje en los cincuentas (Ellos viven), dan como resultado una filmografía ecléctica, donde el terror casi siempre fue la clave y, sin embargo, nunca hubo repetición ni estancamiento. Sí hubo siempre una preferencia por ocultar antes que por mostrar; preferencia que, si bien es más evidente en algunas películas que en otras (uno de los taglines de La niebla era “Lo que no podés ver no te hiere… ¡te mata!”), atraviesa casi toda su filmografía.

Por momentos, los espacios en el cine de Carpenter son despojados, y generan terror desde un aparente vacío calmo que nunca es tal. En otros casos, asfixian con una densidad fantasmagórica. Tanto en un caso como en el otro, los espacios son fundamentales, porque deben funcionar para esconder a las bestias (palpables, sociales, psicológicas) que acechan a los protagonistas. Esta construcción visual-espacial tan específica de su cine requiere de sonidos igualmente específicos, y es acá donde se inserta uno de los elementos más importantes de su obra: la música. Desde Estrella oscura (Dark Star, 1974), su primer largo, filmado cuando todavía era un estudiante de cine en la Universidad del Sur de California, hasta el western espacial Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars, 2001), el propio Carpenter escribió e interpretó, a veces en colaboración y a veces en solitario, las bandas sonoras de casi todas sus películas. Las únicas excepciones son las dos películas que filmó para la televisión (Someone’s Watching Me! y Elvis, una biopic de Presley con Kurt Russell), las dos que –junto a Elvis– se alejan más decididamente del género terror (Starman y Memorias de un hombre invisible) y La cosa (The Thing, 1982), cuya música fue compuesta por Ennio Morricone.

Las bandas sonoras más icónicas de Carpenter son aquellas que, desde una electrónica minimalista, construyen climas frágiles y ominosos, y melodías tan tétricas como atrapantes. Las bandas sonoras de Noche de brujas y Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981) son casi tan clásicas como las propias películas. Sin embargo, son varias las que funcionan muy bien como discos, independientemente de sus películas: las de Christine (1983) y El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) son densas y compactas, las de Asalto en la comisaría 13 (Assault on Precinct 13, 1976) y Ellos viven (They Live, 1988) son eclécticas y logran introducir con éxito influencias tanto del jazz como de la música country. Si bien a partir de los noventas las bandas sonoras de Carpenter mutaron, abandonando en gran medida el minimalismo que las caracterizaba, siguieron siendo obras interesantes, estrechamente ligadas a los tonos y sutilezas de sus películas. Un ejemplo claro es la de Fantasmas de Marte: puro blues-rock enérgico para musicalizar un western espacial cargado de acción.

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Lost Themes, editado la semana pasada, es el primer disco solista de Carpenter por fuera de sus bandas sonoras. Compuesto e interpretado junto a su hijo Cody y Daniel Davies, y editado por Sacred Bone Records (el sello independiente a través del cual salió The Big Dream, el segundo disco solista de David Lynch, otro músico-cineasta), Lost Themes es el resultado de un trabajo sin las presiones de los tiempos de la filmación cinematográfica. También es un disco en el cual la música no tiene que adaptarse a las imágenes ni el ritmo de una película, lo cual implica que cada canción tiene que funcionar independientemente de las demás. Todas las libertades que Carpenter dijo haber tenido a la hora de grabar Lost Themes se aprecian en la propia música. Esto significa que, por un lado, hay una mayor variedad compositiva: una gran paleta de climas y colores, siempre en el marco de una música electrónica progresiva hecha con sintetizadores. Al mismo tiempo, las canciones tienen más cuerpo, más capas. El minimalismo de sus bandas sonoras de los ochentas, esos climas tenebrosos construidos a partir de dos o tres líneas secas superpuestas, apenas tiene lugar en este disco.

Un aspecto de las bandas sonoras de Carpenter que todavía no destaqué, y que es fundamental para tener en cuenta la relevancia y el impacto de Lost Themes en los entornos musicales ligados a la electrónica, es la enorme influencia que tuvieron en el desarrollo de dicho género desde fines de los setentas hasta la actualidad. Ese peso se percibe, no sólo en que parte de su música es la base fundamental de todo un subgénero (el llamado “horror synth”, que no siempre tiene su expresión en el marco de música para películas de terror), sino también en que una parte considerable de la música electrónica retro de la actualidad es a la vez un guiño y un homenaje a los ritmos espaciosos y las melodías perturbadoras que se escuchan en sus películas. Hay, incluso, quienes consideran que la relevancia de los primeros discos de Carpenter se acerca a la de las obras cumbres de Kraftwerk de mediados-fines de los setentas.

Lost Themes se posiciona en ambas líneas: por un lado, refiere con frecuencia a las primeras obras de Carpenter –aunque, como decíamos, con mayor cuerpo y densidad en los arreglos. Por otro lado, el disco genera constantemente climas de terror y ominosidad, y en este sentido es más directa la ligazón con sus bandas sonoras de los ochentas (Christine, El príncipe de las tinieblas, incluso Rescate en el Barrio Chino), que con las más recientes (Vampiros, Fantasmas de Marte). La creatividad de Carpenter y sus dos colaboradores logra que Lost Themes mantenga el interés durante sus casi cincuenta minutos de duración, aunque eso no significa que todas las canciones funcionen de la misma forma o en el mismo nivel. “Vortex”, por ejemplo, abre el álbum con una melodía de piano calma a la cual se le van sumando texturas de a poco. Su desarrollo lento, cansino, crea un suspenso cinematográfico que no resulta nada paradójico: se puede pensar, en definitiva, que mientras sus bandas sonoras funcionaban como soporte de narraciones de terror cinematográficas, recién ahora Carpenter tiene la oportunidad de narrar historias de terror exclusivamente a través de la música.

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La función introductoria de “Vortex” hace que no tenga ningún clímax, y es justamente ahí donde reside su mejor característica. Ocurre algo similar en temas como “Fallen” o “Wraith”: sus sonidos parecen frágiles y sin embargo agresivos, como si los secretos más terribles no estuvieran en la superficie, sino estratégicamente escondidos en sus recuerdos del cine de terror de los ochentas. Es una música que parece soñar con esa década, y eso da como resultado que sus referencias sean palpables, sin por eso sucumbir a la nostalgia reverencial. Lost Themes suena actual, y esa es una de sus mayores virtudes. Pero, al mismo tiempo, es en ese deseo de explotar al máximo todas las posibilidades de su acotado universo sonoro donde por momentos Carpenter falla y parece perder su brújula climática. Ciertas influencias del metal en las melodías y el ritmo acelerado de “Obsidian” o la batería firme y machacante de “Domain” son trucos demasiado explícitos, que anulan toda la tensión que se construye en otros pasajes del disco. Tratándose de un disco que enfatiza en los climas y la posibilidad de generar una imaginería terrorífica en el oyente, los puntos bajos resultan particularmente decepcionantes; rompen un hechizo que, de haberse sostenido, hubiera sido casi tan bueno como las mejores películas de Carpenter.

Lo interesante es que ese riesgo excesivo que a veces es el mayor inconveniente de Lost Themes es, al mismo tiempo –digamos, en teoría–, su mayor triunfo. Carpenter, con casi setenta años, sigue buscando la forma de evocar miedos y fantasmas. Considerando que su último y fallido largometraje (The Ward, 2010) ya tiene cinco años, no estaría mal que nos sorprenda cada tanto con un disco tan emocionante como este. En definitiva, hay algo que vuelve a Lost Themes una obra nada despreciable: para quienes adoramos el cine de terror, resulta una invitación sugestiva y perturbadora a bucear en nuestras memorias.

Álvaro Bretal

Publicado originalmente en indieHearts (febrero/2015)

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