Dormir una tarde en el bosque. Algunas palabras sobre «Siesta», de Aquelarre

Siesta es el cuarto y último disco de Aquelarre, banda formada en 1971 por Emilio Del Guercio y Rodolfo García tras la separación de Almendra. Desde la portada se nos presenta como una obra donde la naturaleza tiene un rol central: se trata de una ilustración de un río enmarcada por árboles y, en el centro, la cabeza celeste de un pájaro con una máscara de fuego. Los cuatro elementos se hacen presentes. Cuatro son también los miembros de Aquelarre (al bajista Del Guercio y el baterista García se les suman el guitarrista Héctor Starc y el tecladista Hugo González Neira), quienes buscan no sólo potenciarse en la unidad, sino hacerlo a través de una suerte de equidad instrumental poco frecuente en el rock. Como se ha repetido hasta el cansancio en otros textos, una de las características salientes de Aquelarre era el origen diverso de sus cuatro músicos. Esto resultaba más claro en los primeros álbumes. En Siesta la banda hace desaparecer esas diferencias, logrando un sonido absolutamente específico y personal. Acá la sintonía es absoluta.

aquelarre_1975_siesta

El camino que estaba tomando Aquelarre a mediados de los setentas era diferente al de la mayoría de las bandas que hacían “rock progresivo”: mientras algunas se consumían en sus propios delirios de grandilocuencia y otras se iban moviendo hacia terrenos más accesibles (en términos de sonido, estructuras, arreglos), Aquelarre buscaba, con éxito, un sonido cada vez más personal. De hecho, de sus cuatro álbumes, Siesta es el más difícil de encasillar o de insertar en una corriente específica. Distintas fuentes plantean que este disco, editado en 1975, representó el momento de mayor popularidad de la banda. Sin embargo, creo no equivocarme si afirmo que en la actualidad sus álbumes más difundidos son los dos primeros (el homónimo de 1972 y Candiles, de 1973), en los cuales tienen mayor presencia las guitarras de Starc, y se encuentran inclinados hacia el costado más duro del rock progresivo. La ternura y la potencia lírica, que estaban presentes desde el álbum debut, se potencian a partir de Brumas (1974) y llegan a su punto máximo en Siesta. El universo poético de Aquelarre vira definitivamente hacia lo bucólico. La naturaleza está presente, de una u otra manera, en todas las canciones del disco.

El sonido de Siesta es abierto, distendido. La banda logra una unidad total entre música y universo poético. Sin embargo, el aire folk que aparecía de vez en cuando en discos anteriores (un ejemplo claro es “Silencio marginal” de Brumas), acá está completamente ausente. Sin distorsión ni folk ni cambios de tempo abruptos, Siesta transita con éxito un tono equilibrado, eléctrico y limpio, profundamente emocional aunque en ningún momento empalagoso. El equilibrio y la limpidez se cristalizan en el hecho de que ningún instrumento opaca jamás a otro. El equilibrio existe también entre el placer y el sufrimiento, o la belleza y el horror, que son tematizados en las letras del álbum con la calma propia de la sabiduría. Un buen ejemplo es la ternura con la que Del Guercio canta las oscuras palabras que inauguran el disco: “No camines en el vacío, / que nadie vendrá por vos / Unos segundos estás aquí / y no los podés vivir”.

Aquelarre

La temática central de Siesta, decíamos, es la naturaleza. La fauna y la flora se hacen presentes de diversas maneras. Si observamos los títulos de las canciones, aparecen palabras como “pájaro”, “savia”, “bosque”, “árboles” y “aromos”. Recién en el título del último tema se hace referencia al hombre, pero en realidad el hombre está presente, de una u otra forma, en todas las canciones. Las apelaciones a lo natural funcionan como metáforas de lo humano. No se trata, sin embargo, de comparaciones fáciles que recaen en el naturalismo. Más bien, se trata de construir un marco poético para hablar de conflictos emocionales y políticos. Si los usos poéticos de la naturaleza para hablar de política ya aparecían en canciones anteriores de la banda como “Violencia en el parque”, en una canción como “Árboles caídos para siempre” se potencia la sutileza: “Una vez que estalló la hermosa catedral / la gente se agitaba en las veredas, / y fue así que al pasar tarde ese dolor / siguieron trabajando hacia la guerra”. Como decía Starc en una entrevista ofrecida al diario Página/12 en 1998: “a nosotros no nos censuraban porque las letras eran demasiado inteligentes como para que las entendiesen los milicos”1. La violencia y la muerte ya no son explicitadas, sino que mutan en paisajes, seres y elementos naturales.

La esperanza y la desolación se construyen mutuamente durante el transcurso del disco. En la última canción –la ya citada “El hombre cercano”– se alcanza el punto máximo de optimismo a través de frases como “Cerca del camino / crece mi espíritu feliz hasta que amanece / Salgo hacia la calle / y el suave viento que hay aquí sabe mi destino”. Este tema es, de algún modo, la síntesis de todo el álbum: una candidez nada inocente y una poética onírica (que, sin embargo, poco tiene que ver con lo surrealista) acompañan a una música con cortes “raros”, pero que no depositan su poder en la sorpresa ni el impacto, sino en la construcción de un crescendo emocional. Lo bello es que esta creciente emocionalidad no apunta nunca a lo grandilocuente: las imágenes naturales que transmite Siesta, tanto desde sus letras como desde su música, están más relacionadas con el impresionismo. Esto explica, también, por qué otra de las características fundamentales de Siesta, y de la obra de Aquelarre en general, es su vitalidad inquebrantable.

Álvaro Bretal

Publicado originalmente en indieHearts (octubre/2014)

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